Venezolanos llevan 20 años aprendiendo a convivir con un «baile» de billete

BANCA & FINANZAS

El anuncio del Banco Central de Venezuela de la ampliación del cono monetario con la incorporación de tres nuevos billetes no es una novedad para los habitantes del país, que tras décadas con relativa estabilidad han tenido que adaptarse a 3 familias de papel moneda en apenas 20 años.

El poder de compra era tal, que los venezolanos usaban las monedas para hacer diversas transacciones o, en su defecto, necesitaban unos pocos billetes.

Hasta los años ochenta, era normal hablar de puyas, lochas, medios,  reales y fuertes, nombres coloquiales para las monedas de 0,5 céntimos, 12,5 céntimos,  25 céntimos, 50 céntimos y 5 bolívares.

El país, que contaba con importantes ingresos petroleros, sufrió dos episodios de escasez de monedas porque el material del que estaban hechas tenía mayor valor que el monto facial: en los años sesenta ocurrió con las monedas de plata y en los ochenta con las de níquel.

Cuando las monedas de níquel desaparecieron en los ochenta, la solución temporal del BCV fue la emisión de billetes de 1 y 2 bolívares, que el humor popular rebautizó como «tinoquitos» (por Pedro Tinoco, entonces presidente del ente emisor) o billetes de monopolio, por su tamaño y parecido con el papel moneda del juego de mesa.

A finales de los noventa, en respuesta a la pérdida de poder de compra del bolívar, se amplió el cono monetario en 1998 con la impresión en la flamante Casa de la Moneda del BCV de billetes de 1.000 y 2.000 bolívares, que fueron reimpresos dos años después cuando el país pasó a denominarse República Bolivariana de Venezuela.

Tras un proceso de reconversión monetaria que le quitó tres ceros a la moneda, en 2008 pasó a llamarse bolívar fuerte (Bs F) y el BCV presentó un cono monetario compuesto por seis billetes (de 2, 5, 10, 20, 50 y 100 bolívares fuertes) y siete monedas (de 1 céntimo, 5 céntimos, 10 céntimos, 12,5 céntimos, 25 céntimos, 50 céntimos y 1 bolívar fuerte).

En diciembre de 2016, una orden presidencial dio plazo de 48 horas para sacar de circulación el billete de 100 bolívares, con el argumento de erradicar el contrabando del conocido popularmente como «marrón», que era negociado hasta en 300% de su valor facial.

La medida generó un caos de largas colas de clientes desesperados por depositar en las agencias bancarias el papel moneda que tenían antes de que venciera el plazo, y en varias ciudades del interior acabó en disturbios callejeros, lo que obligó a prorrogar hasta en 16 ocasiones la entrada en vigencia de la medida.

Uno de los fenómenos de la hiperinflación y el mercado negro de productos de primera necesidad, conocido popularmente como bachaqueo, fue la escasez de billetes.

Los venezolanos pasaban horas haciendo largas colas en los bancos para sacar efectivo que en muchos casos era «revendido», lo que llevó a limitar el monto diario permitido para ser retirado por taquillas o cajeros automáticos.

A la par, se amplió el abanico de papel moneda con las denominaciones de 500, 1.000, 2.000, 5.000, 10.000, 20.000 y, en noviembre de 2017, con el de 100.000 bolívares fuertes.

Hasta 2018, en algunos comercios, formales e informales, los productos de primera necesidad tenían precios distintos de acuerdo con la modalidad de pago: si el cliente cancelaba en efectivo, el precio era menor.

Otro fenómeno consecuencia de la hiperinflación fue que los compradores y comerciantes comenzaron a redondear las cifras quitándole ceros. Por ejemplo, si el monto por pagar era 1 millón de bolívares fuertes, se hablaba de 1.000 bolívares.

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